MI INDIECITA

De uno de mis libros.

MI INDIECITA

Un día me invitaron a una fiesta que se realizaba en medio del monte. Nos fuimos en un jeep, un conocido canario y yo. El carro, un catanare [1] viejo y desmañado; descapotado; que producía un ruido como si pretendiera despertar a todo el estado Barinas, no solo por el escape que atronaba con una pedorrera infernal vomitando humo negro, sino que cada una de sus juntas, de sus articulaciones, sonaban con quejidos fantasmagóricos y el motor, quizá para no ser menos, pistoneaba con una cadencia acompasada un doloroso lamento de alguien que presagiara su muerte inminente.

 

El canario con su tiple y yo con mi guitarra, salíamos de conquista. Llevaba muchos días de duro trabajo y ascetismo total, y con poco más de treinta años, no era un comportamiento normal. Mi amigo más experto que yo en la vida de los llanos, me advirtió cómo debía comportarme, lo cual agradecí sinceramente más tarde. Erá sábado a las seis de la tarde, aún no había comenzado a anochecer, pero se notaba que los rayos del sol iban perdiendo fuerza.

 

Tras un recorrido largo por el tiempo, e infernal por los caminos casi intransitables, acompañados por la “música” del carro, no de la radio, ya que carecía de ella. Llegamos como a las siete de la tarde a una pequeña calva donde se encontraban agrupados cuatro caneyes y la gente estaba engalanada de fiesta. Entregamos nuestra contribución a la fiesta, unas botellas de ron añejo y unas cajas de pastas y nos acercamos a los otros participantes. Las mujeres con vestidos multicolores, compuestos normalmente de blusa y falda, ambas por lo general con volantes y vuelos. Los hombres con camisas claras, pantalones oscuros o negros, zapatillas azules o negras y por lo general con sombreros llaneros que colgaban de sus espaldas. Se distinguían varios grupos, el primero pertenecía a los músicos, que en número de cinco y ataviados con sus mejores galas, denotaban que pertenecían al lugar. Supuse que habían llegado de fundos y caneyes próximos para aprovechar la fiesta y comer y beber gratis. Todos eran ya maduritos y alguno podría ser padre o familia de alguna de las chicas que estaban en la fiesta; otro grupo, de mujeres jóvenes “gevitas[2]”, cinco me pareció contar, y para mí, niñas púberes, que hubieran debido estar en su casa y no entre cazadores sedientos de amores, y que antes del final de la noche estarían rascados de trasegar alcohol para obtener el coraje o la labia que les faltaba.  Otro de los ocho carrizos[3] que pretendían conquistar a alguna de aquellas niñas; engalanados a su forma o estilo, pero con gustos dispares, todos con un machete de grandes proporciones colgado en su cintura, y que venían dispuestos a llevarse a una chiquita virgen, bien para casarse, juntarse y formar una familia, o simplemente para tenerla en un caney en medio del monte y que fuera una más de su aren. Para mí, todos con pinta de patibularios aunque se vistieran de seda, y que contando, al menos tres se irían sin pareja.  Otro grupo, el más numeroso, de las mujeres mayores, mamás, abuelas, tías, mujeres o esposas de los músicos, vecinas y otros cueros[4]. El más escandaloso era el de la chiquillería que correteaba por doquier a sus anchas, gritando saltando y jodiendo la paciencia[5] a los presentes, y el último, de los padres y abuelos que estaban vigilantes de sus retoños y no tan retoñas y que sabían que al final de la noche tendrían que entregar a sus hijas a alguno de aquellos mastuerzos, ya que de otro modo se la robarían, y tenían que negociar para sacar algo en el trueque, que en algún modo les permitiera sufragar los gastos ocasionados, además de otorgar algún valor a sus hijas. Sabían que tendrían que negociar con quien ellas eligieran, ya que de otro modo se escaparían.

 

Tenían asado que preferí no averiguar de qué era, aunque estoy seguro que no era de res, puerco o oveja, arepas, caraotas negras, queso llanero, cerveza, frescos y miche. Había una verdadera fiesta del llano con arpa, cuatro y maracas. Después de muchas canciones llaneras, boleros, merengues, joropos, cumbias, corridos y algunos tangos, se inició un duelo criollo[6] en el que participó mi compañero. Vi cómo al final se dejaba derrotar por la improvisación de un lugareño bastante avezado, pero me había advertido esto, ya que resultaba peligroso llegar al final y derrotar a un orgulloso campesino que buscaba mujer para llevársela con él. El vencedor se llevó a la jeva (muchacha) que estaba conquistando y nosotros fuimos a lo nuestro. En algunos duelos criollos había habido muertos o individuos que perdieron una mano, un brazo o una pierna.

 

Yo le había echado el ojo a una indiecita preciosa que se llamaba Aragua, ya mayor para el gusto de los lugareños, pues debería estar entre los veinticinco y los treinta. Con cabellos lacios azabache que con la luz de la luna brillaban con tonos azulados iridiscentes, tez cobriza con matices de color canela, ojos como la noche que brillaban como negras gemas que reflejaran las flamas del ardor de su alma, las llamas de la fogata se reflejaban en ellos y sentía que me miraba traspasándome, su boca carnosa, roja y fresca, pero a la vez insinuante. Cada vez que bailaba se las ingeniaba para pasar por mi lado, y coquetear conmigo con contoneos y cimbreos de su cuerpo. Su amplia falda de lino en vivos colores inflada en las vueltas del joropo; sus brazos desnudos, con movimiento ágil de felino; su pelo al viento; sus senos prietos vibrando al son de su cuerpo… Era hermosa, tan bella que a pesar de mis limitaciones en el baile llanero, sin darme cuenta me vi bailando con ella. Su compañera se retiró. Ella entreabrió sus labios y sus dientes destellaban con luz plateada luciendo por los reflejos de la luna y las llamas. Su sonrisa me alivió. Olvidé lo mal que lo hacía y bailé con ella. La gente me jaleaba, parecían darse cuenta de que necesitaba ánimos para seguir en la danza. Quizá me hubiera venido bien un trago de miche, pero no bebía alcohol.

 

Ella descalza; yo con botas cubanas antiofídicas. Ella liviana cual mariposa; yo pesado como paquidermo. Cambiaron la música y la exigua orquesta comenzó un merengue, el baile del cojito como le llamaban los llaneros viejos, el baile del gallo como lo llamaba El Viejo Colombiano. Me crecí, pues según El Viejo, en este baile, el hombre al igual que hace el gallo, debe enseñar su plumaje a la hembra, bailando en su derredor con un ala extendida y representando una ligera cojera en su modo de caminar, al marcar los pasos de la danza. Si se analizaba, se llegaba a la conclusión de que las evoluciones del bailarín alrededor de la dama, tenían gran similitud con el cortejo del gallo, incluso en las intenciones finales. Cerré mis ojos, me imaginé la situación y comencé a vivirla. No estaba bailando, la cortejaba con mis evoluciones. Ella lo sintió y se dejó cortejar. Cuando mi mano resbalaba por su cintura en el cruce, yo notaba cómo se encogían bajo mis dedos sus carnes, recreándose en el paso. Y yo profundizaba mis gestos. Era una conquista en toda regla. Las parejas se apartaban. Ella llenaba la pista de tierra pisada, yo bailaba sin percatarme de que éramos observados en solitario. Nadie compartía ya el baile con nosotros. Sólo me di cuenta cuando al terminar la música todos comenzaron a aplaudir pidiendo otra danza. Ella me cogió de la mano y dijo que era suficiente. Nos retiramos. Yo estaba sudoroso. Los dos alterados, temblorosos. Eran temblores del esfuerzo del baile, mezclado con sentimientos que emanaban del corazón y el deseo.

 

Bailas muy bien, -le dije.

 

He bailado para ti,─ contestó.

 

Lo sé. Y yo por ti.

 

Sí, y me has hecho sentir una mujer. Nunca habían bailado así para conseguirme.

 

Siento no bailar mejor, ─me disculpé vergonzoso.

 

Lo dices por el joropo, lo bailas bien para ser mossiú. En cuanto al merengue, has echado a los demás, por eso te he sacado. Las otras mujeres te miraban y los hombres podían ponerse bravos. Además estaba sintiendo celos de las miradas y temía que alguna “jevita” te echara el ojo y su juventud te llenara.

 

 Le pregunté:

 

─ ¿Quieres que paseemos? Aquí hace mucho calor.

 

Bueno.

 

¿Cómo te llamas?

 

Llamame Aragua. Mi nombre indio no serías capaz de pronunciarlo – y sin apenas hacer una pausa para tomar aire inquirió:- ¿Te llamas Mossiú?

 

Le respondí negativamente con una leve carcajada.

 

¿Pero te gusta que te llamen así?

 

─ ¡Me parece bien! Lo importante no es como te llamen. Es que te respeten y aprecien.

 

Era de pocas palabras, pero no le hacía falta hablar, con su mirada, sus gestos, su comportamiento, te transmitía todo con más elocuencia que si hubiera hecho un discurso.

 

Caminamos hasta llegar a una especie de charca enorme que estaba en una vaguada entre los montículos adyacentes, nos sentamos en la orilla y fue entonces cuando me di cuenta que no había soltado su mano y que sus dedos se encontraban enlazados entre los míos. La atraje hacia mí, y ella bajó su barbilla. Se la alcé con mimo y besé suavemente sus labios. La noté temblorosa y la aproximé hacia mí, presionándola por la cintura. Percibí su cuerpo contra el mío y disfruté su abandono entre mis brazos. Dejó caer su cabeza hacia atrás para que la besara y los amplios tirantes de su blusa blanca bordada con hilos de llamativos colores resbalaron, dejando sus cobrizos hombros al aire. La luz de la luna, atravesaba el follaje e incidía sobre sus hombros, recortando su figura y resaltando sus ojos en un contraste imposible de captar por el mejor de los fotógrafos. Muy difícil será olvidar aquellos rayos plateados y la hermosa imagen que recreaban sobre aquella piel.

 

 

Su cabello abandonado a la brisa, su respiración entrecortada preñada de emociones y sentimientos, sus ojos atravesando mi alma como dagas incorpóreas. El reflejo de la luna sobre el agua que proyectaba refracciones ondulantes en su cuerpo y rostro. Era como tener en mis brazos a Afrodita. Me sentía embriagado por su belleza, por su aroma, por sus sutiles quejas de sentimientos íntimos.

.

 

Acaricié su pelo, y sentí cómo palpitaba en mis brazos toda ella. Comencé a arrullarla. Respondía a mis mimos con la pasión felina que anidaba en su cuerpo silvestre. Me sorprendí al quitarle la blusa y la falda porque no llevaba nada debajo, solo estaba su bello y hermoso cuerpo, que parecía salido de un cuento. La luz mortecina de la luna parecía cobrar vida en él, así que me recreé contemplando tan espléndida obra de arte. Mientras lo hacía, acariciaba suavemente todo su contorno sin dejar de mirarla, expresando de ese modo todo lo que me hacía sentir en ese instante. Muy despacio y con mucha ternura, sobé con mis manos, sus senos turgentes y experimenté su palpitar. Notaba cómo su respiración se iba tornando agitada y su cuerpo temblaba como gacela asustada. Noté como se erizaban sus finos vellos, como su piel presentaba las sensaciones que sentía íntimamente, haciendo que sus poros se dilataran y resaltaran como microscópicos cráteres. Besé sus pechos, centrándome en acariciar sus pezones con mis labios. Ella oprimía mi cabeza contra ellos, mientras su boca exhalaba quejidos que me incitaban a sentirla más y más. Resbalé mi mano derecha por su espalda hasta sus caderas que oprimí contra mí. Se agitaba ya como un mar embravecido y rompió en olas cuando mis dedos iban recorriendo uno a uno sus poros y transmitiéndole el placer que sentían. Se agitaba como un junco ante el huracán, gemía como las cañas azotadas por el viento. Sus manos buscaban mi cuerpo de forma enloquecida y entonces la besé en los labios mientras sentía la humedad de su boca melosa que parecía succionarme la vida.

 

Miré alrededor buscando un lugar para dejarla a la vez que la tomaba en brazos. No encontré ninguno que pudiera ser adecuado a la gema que tenía en mis brazos y me encaminé hacia el agua. Yo iba todavía vestido. Entré caminado mientras la besaba despacio. Al llegar el agua a mi pecho comencé a depositarla en ella. Se movía como un pez y me empezó a quitar la ropa. Jugueteábamos en el agua; yo la perseguía, ella se zambullía; nadábamos, y empezamos a hacer el amor en la zona profunda, unas veces sobre el agua, otras bajo ella. Yo mordía con cariño sus senos, caderas, espalda, brazos y piernas, dejándole sentir el temblor de mi boca. Ella me clavaba las uñas felinas, me mordía sin hacerme daño pero con locura incontenida. Poco a poco, nos fuimos aproximando a la orilla. Parte de nuestros cuerpos en el agua y parte de ellos en la tierra barrosa, hicimos el amor. Al tomarla supe de dónde provenía todo su ardor externo, su cuerpo era candente, me hacía sentir de tal forma que a pesar de ser avezado en esas lides, me resultaba difícil contenerme. Durante largo tiempo nos entregamos a amarnos. Terminamos inanes uno al lado del otro, cubiertos del fango de la orilla, pero relajados y tiernos.

 

En un estado de éxtasis contemple el lugar. Era inmensamente hermoso, la luna relejándose en el espejo ondulante del agua, esparciendo sus rayos por la fronda, que al moverse cambiaba la iluminación para hacer las vistas de ensueño. El sonido de la brisa en las copas y ramas de la arboleda, y arremolinando con suavidad la hojarasca muerta, que al moverse parecía reobrar la vida. Las ranas con sus sonar estéreo producido por la proximidad o la distancia, como un coro que pretendiera regalarnos un concierto; algún sapo que quería demostrar que faltaban los tenores; grillos que competían por ver quién debería ser el solista del espectáculo. Y otros miles de insectos y sonidos que yo ignoraba por estar ensimismado con mi indiecita como comencé a llamarla. La fragancia de su cuerpo y el mío en un imposible intento de formar un solo perfume, pues su cuerpo era esencia a fruta fresca. Ignorando el aroma del bosque.

 

La luna ya no estaba en lo alto. La fiesta había terminado hacía largo rato. Caminamos despacio, sin prisa, sintiendo recíprocamente nuestra presencia y sensaciones. La despedí a las afueras del conjunto de chozas. Aunque quería venirse conmigo, tuve que convencerla para que regresara a su casa. Le prometí que volvería, pero que este no era el momento oportuno. No quería ofender a su familia.

 

Mi amigo dormitaba en el jeep a medio kilómetro en el camino de retorno. Intenté despertarlo pero estaba totalmente borracho.

 

Arranqué el vehículo y nos dirigimos a nuestra residencia, donde llegamos a las siete de la mañana. Llamé a dos de los muchachos y lo pusieron en un chinchorro[7]. Me cambié de ropa, desayuné y comencé realizar mis labores del día.

 

Retorné a verla en varias ocasiones, aunque los dos sabíamos que no duraría, más por ella que por mí. Yo no era indio, y ni siquiera un criollo[8], su familia tarde o temprano se opondría. Ella tenía demasiada casta, pero disfrutábamos de hermosos momentos juntos. Era tierna y amorosa como gata en celo. Siempre tenía la sonrisa en los labios y cuando reía, además del alegre sonido de su risa cantarina, sus ojos chispeaban de forma especial. Cuando me miraba y empezaba a excitarse, sus ojos negros despedían un brillo como si estuvieran iluminados, sus manos temblaban, sudaba por todos sus poros y era en esos momentos en que yo sabía que debía acariciarla, decirle lo linda que era y cómo me hacía sentir para luego tomarla. Hacíamos el amor en cualquier parte del monte. No importaba si era el suelo, una roca, un tronco o un árbol, cualquier lugar era bueno para entregarnos el uno al otro, con una pasión y deseo que nunca había sentido.

 

Un sábado subí muy temprano a verla. Sabía que iba a la charca a primera hora y llegué allí cuando comenzaba el día. El espectáculo era increíble, cientos de garzas blancas, muchos flamencos rosados, la luz penetrando a través de la neblina que producía la humedad del bosque, millones de partículas flotando ingrávidas en ella, el canto de una variedad indistinguible de aves, una guacamaya volando en busca de una rama cercana al agua. Al fondo, una especie de embarcadero rústico y una curiara[9] embarrancada en la orilla, aroma a selva, acre, fuerte en humedad, pero agradable.

 

La vi llegar. Llevaba una cesta con ropa, venía toda de blanco. Se veía preciosa dibujada contra los distintos tonos de verde del follaje del fondo. Me desvestí con cuidado para no hacer ruido y me metí sigilosamente en el agua. Nadé en el mayor silencio que supe y me fui aproximando a su orilla. Ella parecía distraída en seleccionar la ropa colocándola en montones. Cuando se volteó su sorpresa fue enorme, primero se asustó y después entró corriendo en el agua para abrazarme y besarme. Estuvimos largo rato nadando, haciendo el amor una y otra vez. Me encantaba sentir la cascada de su pelo deslizándose entre mis dedos; observar sus gestos ante mis caricias; escuchar sus leves quejas iniciales que iban aumentando de intensidad y frecuencia cuando se acercaba el momento sublime de entregarnos; ver cómo las garzas, flamencos y aves alzaban el vuelo asustadas al ir creciendo sus quejas que se convertían en gritos.

 

Luego, mientras paseábamos, charlamos de lo bello que era todo alrededor, la charca, las aves, el agua, los árboles. Ella conocía cómo se llamaba cada árbol, ave, planta y pez Y además había puesto nombre a distintas cosas que le gustaban.

 

Tuve que marcharme por sus obligaciones y las mías. Me hubiera gustado que aquel momento fuera eterno, sin tiempo. Habernos metido en la espesura y no haber vuelto a salir de allí. Ser el uno para el otro siempre.

 

No tardó demasiado tiempo en ocurrir lo que presentía y temía. Una tarde bajaron su padre y tres de sus muchos hermanos, a los cuales no conocía, ya que no habían estado en la fiesta. Tenían sus vidas, y vivían desperdigados por el monte. Pidieron hablar conmigo. Un trabajador me lo comunicó a la vez que intentaba ponerme en guardia y ofrecerme su protección. Le dije que no hacía falta y salí a hablar con ellos. Rechazaron el café que les brindaba como inicio de conversación cordial y quisieron que habláramos fuera. Salí con ellos, y uno de los hermanos comenzó a decir algo con voz fuerte. El padre lo mandó a callar y con acento grave comenzó diciendo:

 

—Mossiú, yo te respeto, pos tó lo que se cuenta de ti es_que_res güena gente. La niña está enamorada de ti, pero tú ves mi familia, somos descendientes de Los Pampas Araucanizados, casi puros, y eso es importante para nosotros y lo queremos conservar. Yo no sé si tú la quieres o no, pero eso no importa, no podemos permitir un mestizaje. Yo soy lo que ustedes llamarían el Cacique y debo velar por el bien de mi pueblo. Llevamos ya cinco años en ese sitio, y la madre tierra nos trata bien. El dueño de las tierras es amigo y nos permite vivir a nuestro modo; hacemos fiestas para que asistan los campesinos y se conozcan y apareen entre ellos, pero nosotros nos mantenemos aparte, asín nos llevamos bien con los vecinos. Pero si sigues viéndola nos marcharemos. Tardamos muchos años en conseguir un lugar donde asentarnos, y acá lo encontramos. Trabajamos en la tierra y el ganado y somos felices. Nuestro pueblo se reúne en ocasiones, pero hemos adoptado el modo de vivir de los llaneros y cada uno tiene su choza, su familia y su tierra. Pero si es preciso que nos vayamos, lo haremos.

 

Don Toqui[10], —intenté hablar con la mayor serenidad que me permitía la circunstancia—, yo no puedo consentir que tires cinco años de tu familia y tu pueblo. Sé lo que cuesta ganar el terreno al monte y cómo has cuidado tu tierra. Perdóname si te he hecho daño a ti y a los tuyos. Si tú lo pides yo me retiro, pero debes decidir si es conveniente que hable con ella o no. Me gusta y creo que la empiezo a querer, pero no voy hacerle daño a tu familia. Es preferible que suframos nosotros que todo tu pueblo. Me debí haber marchado antes de enamorarla y enamorarme. Lo siento.

 

— Mossiú, eres güena gente, anda salía por ti, y si le niego que te vea se me_escapa. Sé que eres hombre, ¡rompe tú con ella!

 

No comprendía su sentir, pero había aprendido a través de mis experiencias a respetar la forma de opinar y pensar de otros. Acepté la de ellos y decidí hacer lo que me pedían. Lo haría con dolor en el alma, pero sabía que de lo contrario, debería enfrentarme a toda su familia y con seguridad, algunos terminaríamos muertos. Quizás ella la primera.

 

Esa noche tome un caballo de una finca vecina y fui a verla. Se me rompía el alma al decirle que teníamos que terminar. Ella no comprendía el por qué, no había razones, no se las podía dar. Habría admitido compartirme con otra o con cuarenta. Sólo quedaba cortar, decir que no la quería. Así lo hice. Me marché y se quedó llorando. Durante el camino de regreso, yo sollozaba como un niño al que se le ha muerto su cachorro, no tenía consuelo, pensé mil veces en volver grupas y raptarla. Pero a dónde la llevaría conmigo. ¿Una gran ciudad? ¿No sería eso peor que el abandono a que estaba sometiéndola o tan vil como mil muertes juntas? ¿No sería eso someterla a la mayor de las torturas que puede sufrir un ser silvestre? Decidí seguir y aguantar. Cuando pensaba en ella se me destrozaba el corazón del daño que me vi obligado a hacerle, amándola como la amaba. Pero eso era lo que debía de hacer.

 

Días después, bajó un hermano y me dio las gracias, no por su familia, sino por su hermana. Lo comprendí y callé. Estreché su mano sin palabras y se marchó. Sabía que venía a agradecerme el abandono de Aragua, pues si se hubiera fugado, su padre la habría buscado para matarla. No era deshonor, el que ella cubriera una necesidad fisiológica conmigo, lo era que tuviera descendencia mía o que dejara a su familia por mí.

 

Pienso. Tasco habría dicho en una de sus sentencias.

 

—Los indios semos asín. Nos quejamos de que no nos dejan integrarnos, y a la vez impedimos que nos integren. Queremos conservar una raza pura, que durante miles de años se ha ido mezclando con otros pueblos indígenas o no.

 

 

 

[1] Cacharro

[2] Jovencitas en su mayoría menores de edad, que hacía poco habían comenzado a ser mujeres.

[3] Hombres jóvenes.

[4] Así le llaman a las mujeres mayores de los 30.

[5] Exasperando

[6] Lucha verbal entre poetas o cantores, donde en ocasiones se llegaba al insulto.

[7] Especie de hamaca.

[8] Mescla de europeo e indígena.

[9] Especie de canoa indígena.

[10] Título que los mapuche daban a sus líderes militares.

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