Leyenda andina. EL DILUVIO.

Leyenda andina.

EL DILUVIO.

Hay una historia que cuenta que la cordillera sólo jue güena cuando el diluvio, una época en que se pasó muchos días lloviendo y lloviendo. Cuentan que los Dioses se enfadaron con los hombres porque no eran güenos, pos entonces habían muchos dioses, el Sol, la Luna, pa el Viento, pa el Agua, pa los Campos, pa casi todas las cosas había un Dios que recibía el nombre de lo que_era, y los hombres jodiendo y jodiendo parece que consiguieron enfadarlos a todos de una vez. Hubo una reunión de Dioses en el palacio del cielo y después de mucho discutir sobre lo que se debía hacer, quedaron sólo algunas propuestas sobre las que decidir.

La primera era la del Dios del Rayo, proponía exterminar a todos los hombres y comenzar de nuevo el Mundo. Él se encargaría en forma selectiva de ir matando sólo a los seres humanos sin dañar a los animales y las plantas. Bueno, algún animal y algunas plantas también morirían o quedarían lastimadas, pero sería insignificante. Se opusieron las Diosas que eran madres, pos no les parecía correcto matar a los niños, ya que éstos eran tan inocentes como los animales y las plantas, por lo que si había que terminar con los seres vivos, debería hacerse con todos sin excepción.

El Dios del Trueno propuso asustarlos tanto que pidieran clemencia y se comprometieran a cambiar. Para ello, él se encargaría de estar tronando durante días y días con sus noches, hasta que suplicaran piedad y perdón. En principio recibió la aprobación de casi todos los Dioses, tan sólo algunos como el Dios del Silencio se oponían, por lo molesto que resultaría para ellos. Pero al final se tomó la decisión de hacer la prueba y durante veinte días con sus veinte noches el Dios atronó a la humanidad. Era tanto el ruido que algunos hombres y animales quedaron sordos en los primeros días, muchas plantas murieron por el fragor de los truenos, y la gente al no poder hablar unos con otros se iban embruteciendo cada día más y se mataban entre sí por no poder dialogar.

Los dioses se reunieron nuevamente y cortaron el castigo, pues no conseguía sus fines y el resultado era desolador y terrible, ya que la humanidad se iba degenerando.

El Dios del Viento propuso hacer lo mismo que el del Trueno pero sin ruido. Soplaría tan fuerte que les haría la vida imposible y tendrían que solicitar el perdón de los Dioses. Así se hizo. Un viento huracanado comenzó a soplar en toda la tierra, los árboles y plantas eran arrancadas de cuajo por tan formidable viento, las cabañas y casas volaban como pájaros, las aves se estrellaban contra los troncos y peñascos al ser removidos sus nidos e intentar volar. El polvo de la tierra oscureció los cielos, y plantas y peces morían por falta de la luz solar. Los animales enloquecían de no encontrar refugio o eran muertos por el hombre para quitarles sus cuevas y guaridas. Los hombres comenzaron a acomodarse en las grutas y cuevas, pero la falta de actividad los hacía pensar en más maldades.

Nuevamente se volvieron a reunir los dioses para buscar una solución a su fracaso y el Dios de los Volcanes propuso asustarlos con temblores de la tierra y matar a algunos como castigo y ejemplo. Fue aprobado y dicho y hecho.

La tierra comenzó a temblar por todas partes, era un temblor suave que resultaba incómodo pero no impedía la vida normal, por lo que el Dios de los Volcanes, enfadado y desalentado por los resultados, mandó a que todos los volcanes de la Tierra entraran en erupción a la vez. Se pusieron las candelas del centro de la tierra al máximo, y todos los volcanes empezaron a humear a la vez que arrojaban cenizas y piedra derretidas. El humo formó una capa negra en el cielo y no pasaba la luz, el aire se contaminó y se morían las plantas, los peces, los animales y algunos humanos. La piedra derretida salía como ríos ardientes que incendiaban los bosques y campos. Se estaba aniquilando todo sobre la faz de la Tierra y los hombres no pedían perdón.

Los dioses se reunieron con urgencia y pidieron que cesara ese desatino. El Dios de los Volcanes estaba tan enfadado que se negaba a obedecer, pero temiendo el castigo de los otros Dioses accedió a cortar tan terrible castigo.

Otra vez estaban como al principio, peor que en el inicio, pues todo lo que habían hecho solo les sirvió para una cosa, para comprender que el instinto e inteligencia del ser humano le llevaba a sobrevivir a costa de cualquier cosa y que su orgullo no le permitiría pedir perdón jamás. Por ello, el Dios Sol dijo:

«Muy a mi pesar, pienso que una posible solución será dejar en tinieblas y sin luz a la tierra, pues al pasar frío y no tener luz, el hombre comprenderá su error y pedirá perdón, no obstante y para que sepan por qué he dejado de iluminar y conozcan el riesgo que correrán, mandaremos mensajeros que se lo hagan saber y mientras tanto la Diosa Luna se pondrá delante de mí para tapar parte de mi luz.»

Se repartieron los mensajeros por toda la Tierra y fueron comunicando a los hombres lo que iba a ocurrir. “Hubieron” cinco días de eclipse solar. Y aunque al principio era hermoso por lo extraño, resultó muy duro, pues muchos hombres perdieron la vista a causa de mirar hacia el Sol, la tierra comenzó a sentir la falta de éste, y la tristeza comenzó a asolar al universo. Desde entonces, los hombres tememos a los eclipses. Al sexto día no salió el sol y así permaneció durante diez días, el frío era helador. Las plantas no podían cumplir sus funciones orgánicas. Los hombres encendían fuegos por doquier. Los animales morían unos por falta de luz y otros por no tener el calor del Sol. Las aguas comenzaron a helarse y con ello moría la mayoría de los peces. Los osos, las marmotas y otros animales comenzaron a hibernar a pesar de ser verano y los hombres los mataban mientras dormían para poseer sus pieles, comer su carne y alimentar sus luces con la grasa derretida. El caos era enorme y corría peligro de extinguirse toda la vida en la tierra, por lo que los Dioses volvieron a reunirse. Estaban desesperados y a punto de tomar la decisión de adoptar la primera propuesta, cuando la Diosa de la Lluvia que tenía fama de ser buena y apacible, aunque como todo Dios con un genio endiablado cuando se enfadaba, propuso:

«Hemos visto que el hombre cuando es sorprendido y se aterroriza, lejos de pedir perdón y reconocer sus culpas, comienza por encerrarse en sí mismo por su orgullo, luego nos responsabiliza a nosotros de todo lo que ocurre, y al final culpa a sus congéneres, pues él es bueno y los demás son malos. Yo entiendo que debemos producir un castigo gradual, que vaya creciendo día a día, y de esta manera tengan tiempo de pensar que si no cambian, el castigo los exterminará, y si en último caso no modificaran su conducta, seguiremos aplicando el castigo hasta que consideremos necesario el consenso de los aquí reunidos.»

«Pero ya lo hemos intentado en diversas formas y no ha dado resultado y también ha sido gradual en la mayoría de las ocasiones», adujo el Dios Sol.

«Si, pero ellos no veían un lugar hacia donde escapar y que éste fuera cada vez más pequeño», indicó la Diosa Lluvia.

«¿Qué propones?», preguntó el Dios de los Volcanes.

«Una lluvia torrencial, sin rayos, sin truenos, sin viento, con la luz solar y lunar en sus ciclos, pero la Diosa Tierra cerrará todos sus poros para que no entre el agua, y el Dios de los Mares hará que los océanos crezcan para no absorber mis lágrimas», resolvió la Diosa de la Lluvia.

El Dios de los Ríos se opuso alegando que su trabajo sería enorme al tener que aguantar tanta agua acumulada. Pero la Diosa de la Lluvia le convenció diciendo:

«¿Te imaginas lo que crecerán tus dominios? Además, el trabajo será muy poco, pues se unirán los ríos, los afluentes, los lagos, todo será agua y la dejarás a su libre albedrío.»

Se produjo una votación y, aunque “hubieron” algunas oposiciones (como suelen existir por defenderse intereses propios y ni los Dioses están libres del egoísmo), la propuesta fue aprobada. Así comenzó el diluvio. Pero la Diosa Luna, la eterna enamorada, mirándose una noche al espejo, cuando ya había llovido durante siete días con sus noches, reflexionó. «Si mueren los humanos, los animales y las plantas ¿De qué servirá mi belleza sin nadie que la contemple?»

Pero como habían jurado no comunicárselo a los humanos, no podía decírselo a ninguno. Corría el riesgo de recibir un castigo de eclipse de luna, lo cual la ponía nerviosa y mal humorada, pues ocultaba su hermosa y delicada belleza. Luego de mucho pensar tomó una decisión. Se lo contaría a un animal para que éste se lo hiciera saber a los humanos. Comenzó a analizar la situación. Se lo diría al lobo que le aullaba por las noches como enamorado que era de ella; pero el lobo no hablaba con los hombres. Bueno, se lo diría al perro que estaba al lado de los humanos; pero el perro no le hacía caso, más bien la ignoraba, y además se había identificado tanto con el hombre que se había vuelto casi como él. Se lo diría a los elefantes, pues con su memoria e inteligencia se harían entender y todos los respetaban; pero los elefantes eran escasos y estaban en pocas partes del mundo. Desechó a las mariposas por coquetas y poco cultivadas, a las aves por no tener la corpulencia necesaria para imponerse. A las serpientes por ser temidas por la mujer y odiadas por el hombre. De los insectos nada, pues eran más pequeños que las aves. Los caballos eran demasiado tozudos, debido a su parecido con sus familiares los burros. Poco a poco, fue descartando a todos los animales y cuando ya era embargaba por la desesperanza, vio una hermosa llama en lo alto de un pico de la cordillera. Sintió la tentación de descartarla por su escasez, pero al verla tan colaboradora con el hombre, ofreciéndole su trabajo, su carne, su grasa, su piel, de un modo tan abnegado, sin quejarse ni revelarse contra quien tan mal la trataba, cambió de opinión. En el fondo, el hombre demostraba cierto cariño hacia el mamífero y se preocupaba de que comiera y descansara, incluso cuando el frío era muy intenso la guarecía en su casa, quizá con la intención de aprovecharse de su calor, pero al fin y al cabo, a pocos animales solía admitir el hombre en su hogar.

Tomó una decisión y eligió a la que le parecía más educada, sensata, inteligente y discreta. Así le contó a la llama lo que iba a ocurrir. Como cada día irían creciendo las aguas hasta quedar toda la Tierra inundada, morirían todos los animales, las plantas y los hombres; el planeta quedaría convertido en un inmenso y colosal lago. Pero lo cierto es que la Diosa Lluvia se agotaría y tendría que parar y recuperar sus fuerzas, por lo tanto, con el tiempo las aguas bajarían y volvería a verse la tierra, pero ya sin vida, sin animales ni plantas, incluso los peces morirían por haberse roto el equilibrio y carecer de ciertos nutrientes. Le explicó que debería escoger a varios individuos de su especie e ir subiendo una pareja de todas las plantas y animales al pico más alto de la Cordillera Andina.

 La llama hizo una reunión con su familia y se distribuyeron el arduo trabajo. Unos se encargaron de buscar plantas y transportarlas, otros recogieron semillas y las subieron, otros seleccionaron las parejas más sanas, hermosas e inteligentes de los distintos animales y las guiaron montaña arriba. Una de ellas fue la encargada de elegir el modo de transmitir la comunicación a otros continentes y después de una dura selección eligió a las palomas. Salieron correos en todas las direcciones para comunicar a los jefes de cada manada que debían elegir una pareja y subirla al monte más alto que hubiera. Todo empezó a funcionar. Las montañas más altas de todos los territorios del planeta se llenaron de parejas para perpetuar las especies, muchas de ellas murieron por no ser suficientemente alto el pico elegido, pero otras muchas se salvaron. La llama, no estando exenta del egoísmo que tiene la mayoría de los seres, subió a todos los miembros de su familia que no habían perdido la vida en el duro encargo. Eligieron a un hombre y una mujer que consideraron que cumplía con los requisitos exigidos, pero no tuvieron en cuenta que la pareja tenía hijos, hermanos, padres, tíos, primos y allegados o amigos, así que con todos ellos el pico elegido se llenó de seres humanos. El agua subía y subía, y cuando llevaba treinta y nueve días con sus respectivas noches lloviendo, ya toda la tierra baja estaba cubierta hacía tiempo y la mayoría de los montes ya ni siquiera se veían, sólo quedaban unos cuantos picos que emergían del agua. La llama elegida convocó dos reuniones, una con los animales y plantas sin la asistencia de los humanos, en la cual explicó que deberían convencer a los hombres para que pidieran perdón a los Dioses; y otra con todos los seres vivos que todavía existían, en la cual se convenció a los hombres para que pidieran perdón. Así lo hicieron y el día cuadragésimo la lluvia cesó.

El descenso de las aguas era muy lento, pues la Diosa de la Tierra temía que si abría los poros para que se fuera el agua podía dañarla de forma irreversible, y el Dios Sol por más que intentaba calentar la Tierra para producir una evaporación, lo conseguía con lentitud exasperante. Con el tiempo los hombres se cansaron de comer siempre lo mismo y el animal que les resultaba más fácil de cazar era la llama, por ello comenzaron a matarlas en forma indiscriminada. La llama elegida al ver esta ignominia y desagradecimiento por parte de los que había salvado con su inteligencia, fuerza y tesón, pidió una reunión con los causantes de la extinción de los suyos. Su desengaño fue enorme, pues el orgullo de los hombres les llevó a decir que ellos eran los reyes de la creación y que debían preservar su especie y costumbres ante todo y sobre todos. Ella, ante las respuestas recibidas se entristeció, y fue tanto su dolor que les escupió en la cara. Desde entonces, las llamas cuando las maltratas o asustas, te escupen. Se alejó el rumiante con tristeza y se prometió no cooperar más con el hombre, sin embargo su nobleza era tanta, que pasados unos días y viendo que los humanos la necesitaban para volver a reconstruir todo lo destruido por el diluvio, volvió con humildad a tener relaciones con su odiado enemigo, sirviéndolo y auxiliándolo en todo como antes.

Felicité a Tasco por tan bella historia, pero en mi mente se abrió un pozo de dudas, ¡qué digo un pozo! ¡Un inmenso abismo! Me estaba contando una versión diferente del Diluvio Universal. Yo que pensaba que era patrimonio cristiano, me encontraba con una leyenda indígena que lo refería en distinta forma. Quise salir de dudas y le pregunté:

– ¿Quién te contó esa historia?

Él me miró con asombro reflejado en su rostro y dijo:

– Mi pueblo, a mí me la contaron mi abuelo y mi padre, a ellos sus padres y abuelos. Pertenece a mi pueblo desde miles de años. A lo mejor yo he cambiado algunas palabras o ejemplos y me he extendido más o menos que ellos, pero en el fondo y esencia es lo mismo porque es una de las leyendas que forma parte de la historia de mi gente.

Le expliqué la versión cristiana del Diluvio Universal y simplemente contestó:

– Yo siempre digo que lo que es, es. Y lo que ocurre se sabe, contado por unos o por otros, y de una forma u otra pero se sabe.

Esta leyenda me fue contada en la Pampa argentina, por un indio de más de setenta años. Sentados alrededor de las brasas de una hoguera, cuando estaba anocheciendo y comenzaban a distinguirse las estrellas y la luna tras un tul de liviana niebla, producida por la evaporación del calor de la tierra recalentada todo el día por un sol de justicia. Su nombre Tasco.

El calor de las brasas hacía que subieran volutas de aire caliente que con una mínima cantidad de humo, que aún surgían de las rojas y grises brasas, distorsionaban su figura, haciendo que lo viera como una figura irreal, como si yo hubiera ingerido peyote y me encontrara semi drogado, pero no era así. Con los ojos entrecerrados por protegerlos de la refracción del calor, un aroma de antiguo producido por los rescoldos de la leña quemada, los sonidos de la Pampa, grillos, aves nocturnas, los leves mugidos de las vacas, el pasto seco oscilando bajo la presión de la brisa y la voz cadenciosa de Tasco, la brisa suave que parecía transportar los recuerdos del narrador, a la vez de aromas de café y mate, de la grasa quemada al realizar el asado de la cena, de heno seco, de tierra húmeda por la exudación del suelo al contrastar con el frescor del anochecer. Mi mente voló en los tiempos y veía al indio de miles de años antes, contando la historia de su pueblo, a través de una leyenda de casi dieciséis mil años.

Y me pregunté, ¿Cuál de los diluvios que has tenido conocimiento es el verdadero? Y razonando concluí, todos, son todos el mismo, vividos y contados por distintas culturas. Pero hay una conclusión lógica. Si tantas culturas lo narran, es innegable que hubo un diluvio que asoló la tierra. No era una parábola cristiana como yo había pensado por tantos años.

Terminada la narración, tasco tenía lágrimas en sus ojos, desconozco si por la reverberación de la fogata, o recordando a sus ancestros y su vida cuando niño escuchando a los ancianos de su pueblo. Nos levantamos de las piedras en que estábamos sentados y nos abrazamos, el sintiendo el consuelo de un amigo, yo en agradecimiento a haberme mostrado una verdad, de la cual había estado confundido durante años.

Vaya mi narración en recuerdo de mi amigo y compañero del viejo indio Tasco, fallecido en 1984, amado y admirado por su sapiencia por todos los que le conocían.

Esta historia, ha sido narrada para mis compañeros Parroquianos. No se encuentra narrada así en ninguno de mis libros actuales. Posiblemente la incluya en uno que estoy empezando, que narrará la Leyes, Mitos y Creencias de Latinoamérica.

Vicente José Gil Herrera.

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