El descargo del alma.

De mi libro EL VIEJO GAUCHO, disponible en Amazon.

Mi alma, como potro cimarrón, que se desboca incesante, se niega a la inteligencia que intenta poner la mente, volviendo bruma los sesos al mezclar los sentimientos.

Capítulo 14.- El descargo del alma.

 

Me acerqué a los muchachos y cenamos en silencio. Nadie parecía tener ganas de hablar y al terminar, se fueron a dormir todos menos Tasco, que se quedó sentado conmigo.

 

Tasco mirando hacia los rescoldos de la mortecina hoguera empezó a hablarme:

 

— ¿Sabes Gallego? Me he alegrado de que estuvieras con nosotros, pos de verdad, muchas de las cosas que te he contado a ti, nunca las había contado a naide.  Quizá sea porque tú te vas y nunca lo sabrá la gente que me conoce. Yo sé que tú no lo vas a decir a naide. Al contar mis vivencias, te juro que se_ma quitado un enorme peso de acá del corazón y me siento como más liviano.

 

» ¿Sabés?, —continuó—. Pienso que aunque tú regreses, ya no nos veremos, pos se va acercando mi hora y quién sabe, a lo mejor me encuentro con mi padre y mi madre, con El Viejo Gaucho y con mi Elena, y conozca a ese hijo que en vida no conocí. Pero ahora que estoy cerca, a veces me pregunto que si aquello es mu grande, ¿Cómo los voy a encontrar? Pero luego pensando en que es mi espíritu el que los busca, no me dolerán los huesos, y como no tendré cuerpo será más fácil, y así, pos acabo consolándome solo. Ya va siendo hora, pos cada vez veo menos y me siento más viejo. A veces por las mañanas no tengo ya ganas de levantarme, pero como los muchachos se levantan con hambruna, me pongo y lo hago.

 

»He estado varias, muchas, muchas veces, a punto de morirme, pero no me dejé llevar, —siguió rememorando con amargura—. Una vez fue cuando me pateó un potro; otra que me arrollaron unas vacas que venían ciegas.; otra vez en que me caí a un pozo; otra que m_agarró una pulmonía; otra que me envenené con unas yerbas; y otras muchas que ya no quiero ni recordar, en toditas ellas, cuando llegó la señora[1] a recogerme le dije que no, que yo me quedaba, pero cuando venga otra vez me iré con ella, pos pienso que ya he vivido lo suficiente. Tú que eres más estudiado, —preguntó mirándome— ¿Sabes si es verdad que hay Cielo?

 

— ¿Tú qué crees?, —respondí con otra pregunta—. ¿Cuáles son tus creencias?

 

—Cuando chiquito me enseñaron que los indios teníamos una especie de cielo particular, donde nos reuníamos con las personas amadas y con nuestros antepasados, si habíamos cumplido con las obligaciones que se nos encomendaban. Luego se me bautizó, y se me dijo que había un cielo para los buenos y justos, un infierno para los malos y un purgatorio para los que tenían pecados. En lo que me enseñaron como indio, sé que he cumplido y sé que iré a ese Cielo. En lo que me enseñaron como católico, como nunca he sabido realmente lo que es un pecado, no sé si habré cometido alguno y tal vez me manden al purgatorio. Si encima no hay un cura cerca puedes ir al infierno.

 

—Bueno, —le dije— no es así exactamente. En primer lugar, para cometer pecado hay que ser consciente de que se comete y no es tu caso. Tú has obrado lo más rectamente que conoces y sabes. Segundo, entiendo que lo que es un pecado en un sitio, según las circunstancias no lo debe ser en otro. Por ejemplo, si yo hubiera matado al hombre que te conté en España, donde existen otros sistemas y otros principios, habría pecado y me habrían castigado, pero al hacerlo donde lo hice y sabiendo que era para salvar la vida de mi hijo, pienso que no fue pecado. Por otra parte, para confesarte, no es necesario que esté un cura, lo único que tienes que hacer con tus palabras, a tu modo, es dirigirte a Dios y decírselo. Sólo con eso y nada más que con eso, conseguirás que tu alma esté en paz y por tanto, serás digno de ir al Cielo.

 

—Pero pienso que si hay un Cielo, ése, es el mismo para indios, católicos, blancos, negros, mahometanos y personas de cualquier credo o religión, y que si los animales tienen que ir al Cielo irán al mismo, —terminó sentenciando Tasco.

 

—No te preocupes por eso, —continué yo—. No busques la muerte, pero si en verdad cuando llegue, tú consideras que es el momento de irte, dile que sí y ve con ella. Ten por seguro, que si en verdad hay un Dios y un Cielo, tú con tu forma de vivir, amar y respetar te lo has ganado.

 

—Gracias Gallego, me has dejado más tranquilo y ahora sé, que no he cometido pecado y que no me van a llevar a otra parte por ser indio. Si no nos vemos acá, te estaré esperando cuando subas.

 

Después de esta charla nos despedimos e hice la primera guardia. Él se acostó y se durmió inmediatamente, creo que con la tranquilidad de conciencia de quien se sabe que ha sido justo en la vida. Tal vez se encontraba agotado después de haber desnudado su alma y descargado el peso de esas dudas, que en su mente sencilla, le hacían temer sobre si se podría reunir con todos sus seres queridos en la otra vida. ¿Hay un cielo? En verdad no lo sé. Pero debe haberlo para personas como mi viejo y entrañable amigo, de otro modo sería una injusticia más.

 

Sentí una terrible tristeza de pensar que el cristianismo había llegado a él a base de crearle temores, a cometer pecado, a no ir al cielo, a las penas del fuego del infierno, a la excomunión, a las penitencias y a mil cosas más. ¿No había sido más hermoso y efectivo que le hubieran inducido a la alegría, a la gracia de Dios, a la ternura y convivencia entre seres humanos, al gozo de disfrutar de la vida, al premio del nacimiento de los hijos estuvieran casados o no sus padres? Siempre he pensado que se gana más con el premio que con el castigo. Que la gente feliz te respeta y la atemorizada por el posible castigo te tiene miedo.

 

Mientras caminaba en la guardia, paseando lenta y sigilosamente, comenzó a inundarme la tristeza. Sentía una congoja indescriptible, que comencé a analizar en el silencio de la noche. En ese marco incomparable, constataba ese silencio cuajado de vida y de sonidos extraños, que no se podían percibir durante el día. En la Pampa podían oírse sonidos que uno nunca llegaría a imaginar. Así que si te abandonabas a la imaginación y abrías tu mente, esos sonidos se asimilaban a un hermoso concierto, la harmonía de la vida. Allí, podías ver las briznas de pasto volando por causa de la brisa, chocando contra los brotes aun sustentados al suelo; una melodiosa oleada de pasto meciéndose como olas de un imaginario mar sin aguas; el rebote del viento sobre el suelo como si de un inmenso tambor con sordina se tratara; en la distancia un lobo haciendo de tenor de una ópera imaginaria pendiente de ser escrita, entonando su solo; un coro de aullidos menores le contestaban como si estuvieran coordinados por un excelente director de orquesta; croar de sapos y ranas daban las notas bajas del imaginario coro; grillos, mosquitos e insectos, parecían proporcionar las agudas notas de violines; el pateo acompasado de las reses eran tambores que parecían marcar el ritmo de la orquesta; y algunas vacas con personalidad de sopranos daban la profundidad a tan inusitado coro. Y además podías oír el latir de tu corazón que en ese silencio extraño, inmenso y sobrecogedor por no ser un silencio real, martillaban tus sienes y marcaban el ritmo de tus pensamientos, atropellados si los comparabas con el sentir de las gentes de la pampa, inconexos pues tanta intensidad vivida en tan poco tiempo, creaba reflexiones que no llegaban a ninguna parte, como castillos de naipes que la siguiente idea derrumbase.

 

Todo eso era lo que percibía y penetraba en mí ser más íntimo. ¿Quizá era eso lo que me acongojaba tan profundamente? ¡No, era algo más profundo! Intente como siempre desviar de mi persona y mis sentimientos una respuesta que adivinaba amarga y triste. Y pensé:

 

Pobre Tasco. Y pensar que los religiosos llegaron pretendiendo anular las deidades a las que los indios adoraban. Lo único que consiguieron es confundir sus mentes sencillas, creando dudas como las de Tasco, sobre qué cielo le pertenecía al morir. Parecía una tontería, pero para él no lo era. Tenía que elegir entre los seres queridos de un cielo o del otro. ¿Habría yo hecho mal al decirle que era el mismo cielo y que no se preocupara porque se reuniría con todos sus seres queridos? ¿Dejaría de luchar ahora contra la muerte y se entregaría mansamente? No podía saberlo, pero era mi amigo y yo le debía la verdad, aunque solo fuera mi verdad, o quizá una “verdad” escuchada pero no asimilada y en ocasiones ni tan siquiera creída. La otra verdad hubiera sido terrible y más sin tener constancia de si realmente era cierta. No podía decirle que según mi criterio, el cielo, el purgatorio y el infierno están acá, en nuestra vida cotidiana; que los cielos podían ser inventos de las religiones para subyugarnos al cumplimiento de sus requisitos e imposiciones. ¡Qué religión más terrible la que nos habían inculcado desde pequeños, desde el mismo momento del bautizo! Una fe basada en el castigo y el dolor, ya que para ganar el cielo había que sufrir, yo también me sentía desconcertado y con miles de dudas que no podía transmitir a mi anciano amigo. Intenté que cuando llegara el momento de marchar con sus ancestros y dejar su cuerpo en el cajón, lo hiciera pensando en que vería a sus seres amados, y al menos tendría un instante de felicidad, aunque fuera basada en la esperanza. Se lo merecía después de décadas de sufrimiento, pena y tristeza escondida y amordazada en algún rincón del alma de gaucho”.

 

Pero no era esa mi tristeza, comprendí que debía afrontarla sin escusas, cuando unas lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas. Me despedía de un amigo, de un profundo y sabio amigo, que a pesar de presumir de ser casi analfabeto, poseía unos conocimientos que a mí me hubiera gustado tener. De un hombre sencillo y de alma pura, que abrió su corazón para dejarme pasar a su más preciado tesoro “Sus Tristezas” como decía el, a esas vivencias que durante muchos años guardó solo para él. En el fondo nos parecíamos. A lo mejor por eso congeniábamos de esa manera especial. Yo me negaba a compartir mis sentimientos, mis dolores del alma y por eso lo comprendía tan bien. ¿Qué hueco dejaría mi partida? Tanto su alma como la mía, se sentirían huérfanas, con un inmenso vacío. Él lo callaría, y yo guardaría silencio como siempre. Sabía que no lo volvería a ver vivo, y si en algún momento desee que hubiera un verdadero cielo, donde podían reunirse los seres afines, ese, fue uno de esos momentos.

 

Deje que las lágrimas se deslizaran por mis ojos durante un buen rato, mientras escuchaba la hermosa “ópera” de la pampa nocturna. Luego los sequé y seguí caminando, mientras pensaba en todas las historias que me había contado Tasco. No tenía duda alguna de que volvería otra vez a esa inmensa soledad que sentía cuando llegué.

 

Hice guardia una hora y media antes de despertar a Oscár. Repetimos la rutina del día anterior y charlamos mientras caminábamos.

 

—Te vamos a echar de menos cuando te vayas, —me confesó Oscár—. Has sido un buen compañero estos días. Tengo que recordar que llegaste hace solo unos días, para asegurarme de que te conozco desde hace tan poco tiempo. ¡Parece que nos conozcamos desde hace mucho!

 

—A mí me pasa igual con vosotros y desde luego, al que más voy a echar en falta es a Tasco. Tiene una sabiduría innata, incrementada por los años y las vivencias que ha tenido. Tiene además una gran facilidad para contar historias, en que la más triste de todas acaba pareciéndote bella. Algún día que tenga tiempo escribiré sus memorias, o un relato donde refleje sus vivencias y lo que me influyeron.

 

—Regresa alguna vez —me invitó— y si no estamos en el pago, pide que te acompañen. Nosotros difícilmente saldremos ya de acá, hemos hecho de esto nuestra vida y ya de viejos, no vamos a cambiarla.

 

—Te dejaré mi teléfono y dirección. Si alguna vez vas por Caracas, mi casa es tu casa.

 

—Igual te digo, y me gustaría conocer a ese pibe, que tiene un padre que fue capaz de jugarse la vida y el presidio por él.

 

— Yo me siento honrado de haberte conocido y que me hayas hecho el honor de contarme tu vida. Cuenta con un amigo cuando lo precises.

 

Seguimos charlando un rato y luego me fui a dormir, ya que el día siguiente sería duro, sobre todo emocionalmente. Sin duda alguna, al dejar a mis amigos, regresaría a esa parte que en mi fuero interno más temía, mi propio yo, mis sentimientos, el saltar de nuevo a la soledad, como el que salta desde un acantilado al mar. Me acosté con sabor a despedida. Era un sabor amargo. Me gustaba aquella gente, su vida sencilla, sin complicaciones, sin prisas, sin el qué dirán, sin el debo o no debo.

 

Pero la “Ópera Pampa” continuaba, y sin quererlo me arrastraba a su embrujo particular. No existía entreacto o descanso. Estos músicos parecían irles la vida en que siguiera sonando la melodía. Medio adormilado, medio despierto, pasaron por mi mente las vivencias de esos días. Me sentía cómodo, feliz, libre de la soledad crónica que me venía agobiando desde hacía tanto tiempo. ¿Y si renunciara a todo y me quedará acá? Podría ser maravilloso durante unos días, una semana, quizá un mes. ¿Pero y luego? ¿Cuándo ya conociera la Pampa y sus gentes, sus costumbres? Me aburriría, mi mente tenía unas exigencias que tenía que cubrir. Ella necesitaba alimento continuo, estudiar, leer, aprender, inquirir, analizar, investigar. Sin ese alimento sentía que se moría. Ya me pasó en Canaguá. Me sentía como un rosal que comienza por dar menos rosas, continúa porque la duración de las mismas sea inferior, pasa a no florecer en años, se degrada y va perdiendo sus hojas, y al final, con un tronco pelado y un aspecto deplorable, llega a la conclusión de que no sirve para nada, ya que ese nada es florecer, dar color y aroma, y alegrar la vida de quien le observa, y se abandona hasta morir. No, no era mi destino. Creo que venimos al mundo para hacer algo. No sé qué será ese algo, pero si estoy seguro de que no lo he hecho. Deberé seguir mi camino. Volveré, pues he sentido amor, felicidad y comprensión.

 

Seguí en mi duermevela escuchando la harmonía de la vida que tenía el placer de disfrutar. Algo que no estaba en la partitura sonó. Era un búho o una lechuza, que introducía una nota discordante. No malograba la representación, solo resultaba extraño en ese momento. Era como una nota grave, cuando estaba evolucionando hacía las notas más altas. Se repitió varias veces, y terminó por convertirse en cotidiano, pasando a formar parte de la melodía.

 

La noche avanzaba, ya las estrellas titulaban en el firmamento, y yo no terminaba de dormirme. Me imagine al Viejo Gaucho huyendo de los federales. Por lo que me había contado Tasco, era una buena persona, que tuvo la desgracia de cruzarse con malas. Imaginé la dureza de la transición de ser un hijo de familia a un perseguido. Quizá no lo imagine, sino que conjugue sus imágenes con las mías cuando huía de la policía por ser menor fugado, su hambre con la mía, su frío con el mío, su soledad con la mía, nuestros miedos, dormir alerta para no ser sorprendido. Si para mí fue duro, para él tuvo que ser terrible. Lo imaginé a caballo contra el viento helado de la Cordillera, tapándose con un poncho para no morir helado, guareciéndose en cuevas o hendiduras para evitar el aire y el rocío helado de la madrugada. Bajando a poblados y haciendas a buscar lo que le dieran. Yo de eso no fui capaz, hubiera preferido morir de hambre. En ese momento entendí que tenía un orgullo mal entendido. Que solicitar ayuda no era degradarse.

 

Me desperté sobresaltado, todos mis pensamientos habían cabalgado por mi mente en forma febril mientras estaba entre dormido y despierto. Los deseche, me conducían a un pensamiento abstracto que no quería, ni debía seguir. Y recordé que estando con una punta de ganado con Oscár acercó su caballo al mío, y me hizo una confesión:

 

—Gallego, perdona que fuera tan conciso en mi explicación, pero sinceramente no me resulta agradable contar mi vida ante los demás. No es que sienta vergüenza, pero no es agradable para mí. Yo nací y me crie en el barrio de Palermo, en la zona que llaman Palermo Chico. Mi padre es dueño de una cadena de ferreterías que se extiende por las principales ciudades de Argentina. Y aunque no estudió, tiene una vista especial para los negocios, que lo llevaron a hacerse rico y estaba obsesionado en que yo estudiara una carrera para hacerme cargo de sus negocios, ya que como no tengo hermanos era su heredero. Mi madre es descendiente de españoles, según ella de la nobleza, pero en realidad nunca la creí, pues a pesar de que tiene ínfulas y maneras de grandeza, he conocido a otras señoras que transpiraban por los poros ese señorío del que carecía ella.

 

»Desde niño me inculcaron que tenía que juntarme con los de mi clase, y para ello, lo mejor era no salir del barrio. Así que estudie en el Colegio Bayard hasta secundaria, y me apuntaban a todas las clases extraescolares. Sinceramente, me gustaba estudiar y como no me dejaban tener amigos en la calle, mi principal pasatiempo era clavar los codos y sacar las mejores notas. Por mi currículo académico me fue sencillo entrar en la Universidad de Buenos Aires, en la Facultad de Ingeniería. En el primer año de carrera conocía a una compañera que se llamaba Rosa, y me enamoré perdidamente de ella. Desgraciadamente no era de la “clase” de mi madre, y tanto ella como mi padre, me prohibieron que siguiera con ella. De nada valieron mis razonamientos de que estaba enamorado, que era muy buena persona, muy educada y con clase y que los dos seríamos ingenieros en pocos años. El enfrentamiento llegó hasta el grado de tener que marcharme de casa de mis padres. Per a la vez, los padres de Rosa se oponían a que saliera con alguien que vivía en Palermo Chico, pues eran unos estirados y según ellos, no podrían alcanzar el nivel económico para poder alternar con sus consuegros. Así que decidimos alquilar un conventillo y realizar algunos trabajos para pagar las mensualidades. El lugar era lastimoso, sucio, abandonado, feo, incomodo, pero en realidad no importaba, estábamos profundamente enamorados. Como teníamos la matricula pagada y todo el material comprado, con conseguir para el alquiler y para comer lo necesario, nos sobraba, eso y los desplazamientos.

 

»Al poco tiempo de convivir, ella quedó embarazada, y haciendo de tripas corazón me fui a ver a mis progenitores y les expliqué la situación. No sirvió de nada. Ni el aliciente de tener un nieto, ni las buenas notas sacadas a lo largo de la carrera por ambos. Se negaron a auxiliarme y los padres de ella hicieron otro tanto. De modo que ahora teníamos una nueva preocupación, o mejor dicho muchas, ya que había que pagar sus revisiones médicas, mantenerle una buena alimentación y entre otras muchas comprar ropa a medida que iba avanzando la gestación. Para colmo, le descubrieron que tenía falta de hierro y que el bébe iba a dar problemas durante el embarazo y el parto. Hablamos de dejar yo los estudios y ponerme a trabajar, pero ella no lo admitió y decidió que fuera a la inversa. Consiguió un trabajo en una tienda del barrio y yo además de estudiar hacía trabajos nocturnos y en días festivos para que nos llegara la plata.  El primer hijo nació con dificultades en el parto, pero pudimos arreglarnos con lo que teníamos ahorrado y a la vez pagar todos los gastos que ocasionaba nuestro hijo, un varoncito al que llamamos Oscár como a mí.

 

»A los tres meses, había quedado embarazada de nuevo, aunque nos enteramos en el cuarto al detectar la falta. Dio a luz de la segunda criatura y fue una preciosa nena que bautizamos como Sofía. Los gastos se multiplicaron. Pero éramos felices, con múltiples carencias y ahogos económicos, pero nuestro hogar irradiaba armonía y amor. Aunque yo con el trabajo que realizaba llegaba a las tantas a la casa, y ni siquiera los fines de semana podía salir a pasear con ella y con los dos nenes. Ella los sacaba a un parque próximo, ya que la casa era umbría y triste, y los nenés precisaban sol.

 

»Siempre salía a horas tempranas porque vivíamos en un barrio de malevos, y eran frecuente las peleas principalmente con cuchillos o facas, pero en ocasiones hasta con armas de fuego. Estaba una horita en el parque y regresaba a la casa.

 

»Pero un aciago día, a las once de la mañana como cada día fue al parque y cuando ya se marchaba, se enfrentaron dos pandillas de cinco bandidos cada una. Una pertenecía al barrio y la otra iba a matar, ya que tenían un problema de lindes en sus dominios. Comenzaron una balsera y aunque Rosa, intento marcharse, la alcanzó un disparo en el pecho. La llevaron rápidamente a la urgencia del hospital, pero llego muerta. Me enteré al llegar a mi casa y no verla. La busque como loco en comisaras y hospitales, y me encontré a mis dos pequeños llorando y llamando a su mama.

 

»Me los llevé del hospital y fui a ver a los padres de Rosa, les expliqué lo sucedido y se quedaron con los niños, diciéndome que no me preocupara, que ellos cuidarían de sus nietos. Enterré a mi amor, y estuve varios días sin salir de la casa, lloraba y gritaba con desespero y comencé a rumiar mi venganza. Comencé a buscar quien me vendiera un arma y a averiguar quiénes habían sido. La banda de mi barrio se jactaba de haber matado a dos miembros de la otra, y los cinco eran héroes para el resto, así que me fue sencillo saber quiénes eran. Los estuve siguiendo durante días, hasta que una noche entraron los cinco en un boliche a tomar alcohol. Entré y sin mediar palabra les disparé a la cabeza a los cinco y me fui. Para cuando llego la policía yo ya estaba lejos, y en un barrio como ese impera la ley del silencio. Nadie ha visto nada, nadie sabe nada. Y aunque los inspectores debían saber que todo apuntaba a mí, ni me interrogaron, ni me pusieron vigilancia.

 

»Deje pasar unos días, y comencé a seguir a los de la otra banda, tampoco fue difícil saber quiénes habían sido, ya que la muerte de los dos miembros, había abierto brecha en la banda, y los culpaban de ir drogados a enfrentarse con los otros. Los estuve siguiendo más de diez días, hasta que localicé una casa abandonada en la que se reunían. Los tres iban siempre juntos, pero la mayoría de las veces estaban acompañados por otros individuos. Así que esperé, hasta que un día salieron solos los tres. Fui con un cigarrillo en la boca a pedirles fuego, y cuando se relajaron los ejecute a menos de un metro de distancia. Me marche a la casa y quemé la ropa, ya que estaba llena de salpicaduras de sangre, me lave en la regadera[2]. E intenté tranquilizarme, cosa difícil pues en mi mente estaba presente la película de los dos homicidios. Esperaba que de un momento a otro llamaran a la puerta, bien los malevos, bien la policía. Pero viendo al tercer día que no llamaba nadie. Decidí marcharme de Buenos Aires. Me llevé la poca ropa que tenía, y unas fotos de mi mujer y mis hijos, y salí en dirección a la cordillera. Mi primera intención era pasar a Chile, pero no tenía pasaporte, ni dinero, y alguien me advirtió que allá los carabineros eran más severos que la policía argentina. Me quedé en las estribaciones, y como llevaba la pistola y muchas municiones, cazaba para vivir y durante casi cuatro años pasé frio y necesidades, ya que la ropa, ni era de suficiente abrigo, ni me estaba durando como había previsto.

 

»Yo era de ciudad, no sabía de faenas de campo o de ganado. Así que tenía temor de solicitar trabajo, pero un día me decidí y comencé a ayudar a llevar ganado de unos sitios a otros. Me pagaban poco por mi inexperiencia, pero para mí era suficiente, ya que además de la comida me pagaban un pequeño sueldo. Fui aprendiendo y ya montaba bien a caballo y sabía los oficios de un vaquero. Así que en una ocasión que vinimos a la Hacienda para traer padrotes, solicité quedarme a trabajar. El encargado me dijo que estaban completos, pero vía al patrón y se lo pedía a él. Me sonrió y dijo algo como “Total por uno más” y mando al capataz que me diera un tajo y observara si valía.

 

»Meses después le conté lo que había sucedido y el me respondió que se lo imaginaba. Me preguntó qué estudios tenía y a que me dedicaba antes. Y me hizo una pregunta muy importante para mí ¿Seguro que en segundo de ingeniería civil te quieres retirar? ¿No te arrepentirás luego? Le explique que lo que quería era traer a mis hijos para que estuvieran conmigo. Y él me dijo que primero tenía que casarme. Que con niños tan pequeños no podría cuidarlos y trabajar a la vez.

 

»Busqué dentro de la propia hacienda una mujer que me agradara, que tuviera algo de cultura y que estuviera dispuesta a criar a mis hijos como si fueran suyos, la cortejé, y antes de un año nos casamos y me traje a mis hijos. Había pasado casi siete años desde que los dejé. No había reclamación sobre mí, porque nadie descubrió que había sido yo, o no quisieron descubrirlo, pues estaba muy claro el autor. Creo que la ciudad se libró de ocho canallas asesinos, y prefirieron no indagar. Abandoné todo deseo de estudiar y me acomodé a la vida sencilla de la Pampa. Tuve dos hijos con mi mujer actual y nunca he sido capaz de olvidar a la primera. La recuerdo cada día. Era buena, sencilla, amorosa y lo hubiera dado todo por mí. Nunca se quejó, ni por dejar los estudios ni por la carencia de plata. Nunca más he querido saber de mis padres, pues pienso y siempre he sentido, que tuvieron parte de culpa en lo que ocurrió. Si no se hubieran opuesto a nuestro matrimonio y me hubieran ayudado un poquito, nunca me habría ido a vivir a una zona tan conflictiva. Pero la falta de dinero, el deseo de estudiar y la posibilidad de hacer trabajos poco cotizados a ciertas horas, hicieron que fuéramos a vivir a ese maldito barrio, donde ella fue a morir en la flor de la vida.

 

»Gallego, a veces cuando estoy dormido me invaden aquellos recuerdos, parece que los esté viviendo en ese instante. Me despierto sudando y sobresaltado y ya no intento dormirme más esa noche. Pero estando despierto, a veces me siento sucio de sangre y me hace sufrir. Me entran ganas de ir a entregarme a la justicia. ¿Pero qué sería de mis hijos y mi mujer?

 

—Mí querido amigo Oscár, eres católico y eso se llama conciencia y te será difícil olvidarlo. Debes aprender a tolerarlo y que se vuelva cotidiano como un recuerdo más, y de ese modo te llegará a parecer lo más normal del mundo. Tú le has llamado venganza, para mí es justicia. Nadie los había detenido, nadie los había inculpado, y no solo quedaría sin justicia lo que hicieron a tu esposa. Se envalentonarían y seguirían matando con más facilidad. En caso de que no seas capaz de asumirlo, visita a un sicólogo y te ayudará para que no te cause problemas mentales.

 

Y con esos pensamientos me quedé dormido.

 

[1] La muerte.

[2] Ducha.

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