EL CAMBIO

 

 

EL CAMBIO.

 

A veces, solo a veces. Me gusta cerrar los ojos y echar mi mente a volar.

Y en esos ensueños me pregunto:

¿Fui feliz en mi vida?

¿Pude ser más feliz de haber sido de otra forma?

¿Hubo mucho dolor en mis años vividos?

¿Si volviera a nacer haría lo mismo otra vez?

¿Amé alguna vez lo suficiente?

¿Fui amado?

¿Qué concepto tengo de mí?

Y tú, parroquiano. Permíteme que te llame así. Estamos en un nuevo tipo de Parroquia. Es global, instantánea y versátil, eso sí, muy cotilla, nos enteramos de todo y tiene una memoria excelente, lo recuerda todo. Así que no me contestes, dilo en voz alta en tu soledad. Ya que ese es el modo de ser sincero (no diré franco, porque a algunos nos trae malos recuerdos), no te engañes las respuestas son solo para ti. Y de ellas nacerá una reflexión que te puede reafirmar o hacer cambiar.

¿Te has hecho las mismas preguntas?

¿Te has atrevido a contestarlas en tu soledad íntima, sin que nadie te oiga?

Entonces eres valiente, no hay cosa más terrible que enfrentarte a tu verdad sin escusas, ni pretextos.

Si crees que debes cambiar. Simplemente cambia para ser mejor.

Si crees que no debes cambiar. Cambia. No hay nadie perfecto en este mundo.

Hay estudios que dicen que las personas a punto de morir siempre se arrepienten de lo que no se atrevieron a hacer y de haber guardado rencores a seres queridos por cosas nimias.

Cambia. Y si después de esta vida nos vemos en el cielo o el infierno, o en cualquier otro sitio al que nos manden. Podrás decirme con orgullo CAMBIÉ.

Un abrazo parroquiano. Si quieres puedes decirme LO HICE. Y te aseguro que me darás una alegría. Un abrazo.

Vicente José Gil Herrera

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