AMOR EN TIEMPOS DE COVID

AMOR en tiempos de COVID. 

Llamó al teléfono de información sobre la pandemia.

Una operadora con tono, ritmo y cadencia de máquina le contestó.

— Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

El era ya anciano, y la vida le había enseñado a tomar las cosas con calma. Sobre todo si estas eran importantes.

— Señorita, le llamaba para informarme por si me enfermo. ¿Qué debo hacer?

— ¿Está usted contagiado? Esta vez, la voz mecánica tenía un tono de alarma.

— No, no. Solo es por si acaso ocurre.

— Bueno, en ese caso no se preocupe. Retornó el tintínate mecánico.

— En caso de enfermarme ¿Tendré que llamar al hospital?  ¿Me podrá acompañar un familiar mientras estoy ingresado?

Nuevamente, la inexpresiva voz sonó al otro lado del teléfono.

— No, solo puede entrar el enfermo.

La voz continuó comunicando lo aprendido en miles de respuestas dadas. Carentes de emoción, de sentimiento y empatía, como si de una grabación se tratara. Mientras el anciano escuchaba estoicamente la perorata sin sentido. Con los años, había aprendido, que si se corta a un necio, solo se alarga la agonía de tener que volverlo a escuchar.

Agradeció afablemente su discurso a la tele-operadora, colgó sin prisas. De tan larga parrafada, solo le interesó cuando la señorita le dijo “cuídese, para las personas mayores es muy peligroso. Son pocas las que se salvan después de un largo sufrimiento”. Él ya lo sabía, escuchaba las noticias, las explicaciones de los respiradores, la larga agonía de los mayores. Miró al cielo, como si meditara una súplica efectiva. Se secó las lágrimas que discurrían por los surcos de su ajado rostro curtido por los años y el sufrimiento. Dio un manoteado en el aire, como si estuviera desechando unos pensamientos fútiles que no le llevaban a ninguna parte. O al menos, no a donde él quería llegar.

Con paso cansado y lento, preñado de desesperanzas se dirigió al dormitorio. Se detuvo un instante antes de entrar. Mudó su rostro y consiguió dibujar una sonrisa triste. Pero era lo mejor que tenía en ese momento. Traspasó la puerta y se dirigió hacia la cama donde su esposa, febril, con tos y respirando con dificultad le aguardaba. Tomó su mano con cariño y ternura. La miró a los ojos y vio que se moría. Tenía el Covid muy avanzado. La besó y se acurrucó a su lado en la cama. Ella lo miró con esa ternura que emana de un único amor. Intentó rechazarlo con cariño mientras le decía.

— Aléjate, te vas a contagiar.

Él sonrió mientras le decía — Me contagiaste hace 40 años, un contagio de amor incurable.

Ella lo abrazó con ternura. — Pero te puedes morir. Esto no tiene cura.

El observo su cara deteriorada por la enfermedad, mientras le decía. — No hay mayor muerte que una vida sin ti. Si nos tenemos que ir, hagámoslo los dos juntos, como llevamos haciéndolo toda la vida.

— ¡Pero los chicos se quedarán solos!

— Los chicos hace tiempo que viven su vida. Llaman por teléfono un par de veces al año. Y vienen cuando necesitan algo. No creo que nos echen de menos.

Los ojos de la mujer se oscurecieron como negros pozos. Se humedecieron con lágrimas de dolor y asintió con la cabeza.

— Por qué no me llevas al hospital y así no te contagias. Tienes tantas dolencias que si lo haces nada podrá salvarte.

El sonrió mientras le decía — Tú tienes las mismas que yo. Si ya solo con las pastillas comemos, no hace falta ir al mercado.

Soltó una carcajada y ambos rieron con ganas.

La temperatura del cuarto subió en forma notable. Los dos ardían en una fiebre abrasadora. Pero era su fiebre, era su amor, era su vida, su costumbre de 40 años de entrega, de felicidad sin límites, de tenerse el uno al otro fundiéndose en uno solo en forma inseparable.

Dos días después, como parte de un seguimiento realizado a todas las llamadas a información del Covid-19, llegaron dos policías. Tras insistir y no recibir respuesta a sus llamadas a la puerta, solicitaron permiso para entrar. Al hacerlo, se encontraron a la pareja abrazada, su cara reflejaba paz y una ternura inmensa. Se marcharon juntos. Uno era la vida del otro.

Vicente José Gil Herrera

 

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