¿Amante?

Benidorm

Era un joven adolescente cuando llegue a Madrid. Fugado de mi hogar. Tras enormes vicisitudes y momentos amargos, conseguí ir encauzando mi vida. Estudiaba y trabajaba duramente, a la vez que intentaba pasar desapercibido para las fuerzas del orden. Mi edad no me permitía trabajar legalmente y la condición de fugado, podría en cualquier momento ponerme en la situación de ser conducido a casa de mis padres, como ya había ocurrido en cuatro veces anteriores.

 

Durante dos años, llegué a olvidarme de esas anómalas circunstancias. Trabajaba en cualquier cosa u oficio que me surgía, no importaba la dureza o el peligro que representara. Lo importante era vivir. Esa vida se desarrollaba en tres actividades fundamentales, estudiar, trabajar y dormir. Y para cada una de ellas faltaba tiempo.

Un día de agosto, fui a casa de Juan, un compañero de estudios, para realizar unos trabajos de matemáticas, ya que ambos teníamos la pretensión de realizar dos cursos por año. Y allí conocí a Ana María, hermana de mi amigo, la cual estudiaba magisterio, aunque al parecer no con demasiado éxito, ya que estaba castigada por sus malas notas. Una bella mujer de 22 años. Exuberante, explosiva, de risa fácil y contagiosa, rasgos agradables y atrayentes; curvas sinuosas, carácter afable y atrevido, sobre metro setenta de estatura, rubia teñida y lo que su hermano decía ligera de cascos (quizá por habérselo oído a sus padres, ya que yo no llegue a entender su significado hasta años después).

 

Juan tuvo que ir a hacer un recado que le habían dejado sus padres, ya que estos estaban de vacaciones en Benidorm. (Creo que en agosto, abandonaban Madrid hasta las ratas). Estaba sentado en la mesa de estudio, intentando resolver problemas de algebra. De pronto sentí que algo presionaba mi espalda. Ella apoyando sus senos contra mí, hacía ver que estaba mirando los problemas con el fin de ayudarme. Sinceramente no lo consiguió, más bien todo lo contrario.

 

Yo era tímido e inexperto, además de estimar a mi amigo. Me sentí superado en cuerpo y mente. Mi cuerpo reaccionaba como el de cualquier muchacho de dieciséis años. Mi mente me arrastraba a una realidad que no debía olvidar. Era hermana de mi amigo y estaba en su casa; no me podía permitir distraerme de mis estudios y mi trabajo, y además, nunca había estado en una situación similar.

Con sus senos apoyados en mi espalda, pasaba el brazo por encima de mi hombro derecho y hacía como que me explicaba el problema que tenía ante mí. Y digo que hacía como que me explicaba, porque ni me enteraba, ni prestaba atención al problema. Sus senos turgentes eran como puñales que se clavaran en mi mente, haciéndome desbarrar en locas ideas y sentimiento encontrados.

La sensatez me llamaba al orden, mientras mi yo animal se excitaba en forma exacerbada. Me debatía entre el deseo y el raciocinio. Hasta que ella, tomando mi cara me beso en los labios. Yo no sabía besar, pero ella sí, parecía estar acostumbrada a hacer perder el juicio al hombre que estrechaba entre sus brazos. Y conmigo lo consiguió. Neófito en la materia, no sabía qué hacer, y ella llevaba la batuta, comenzando a desnudarme hasta quedar como Dios me trajo al mundo. Me dejaba llevar por una pasión que nunca había sentido, el deseo superaba a la timidez, las ganas a la falta de experiencia, y simplemente me abandoné. Hicimos el amor en forma desenfrenada, aunque me sentía como si fuera el caballo y ella el jinete que me conducía por donde se le antojaba. Disfruté y sufrí por primera vez el sexo.

Al terminar, avergonzado de mi acto para con mi amigo, me vestí y salí a toda prisa de la casa. Tenía una extraña mezcla de sentimientos. Placer por haber “disfrutado” por primera vez el sexo, dolor por haber faltado a la confianza de mi amigo. Aunque pensaba, ella no se lo dirá y yo tampoco. De hecho no se lo diré a nadie, mejor dicho, nunca lo he dicho hasta hora, y eso que me marcó profundamente. Supe lo que era ser amante involuntario. Y aprendí a valorar la voluntad contra el deseo.

 

 

Vicente José Gil Herrera

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